miércoles, febrero 18, 2004
Encontramos a Camila un sábado, en el estacionamiento. La salvamos de las patadas de un niño y del frío terrible de esa noche. Le dimos comida, le pusimos un suéter, le dimos agua. Al principio no quería, sólo nos veía con sus ojitos cafés y las orejotas levantadas, llena de miedo. Durmió en el tapete de la puerta y días después nos sacudía el rabo para que nos acercáramos.
Goonie era la perrita de Marina. La rescató cuando la atropellaron y quedó malherida a una calle de su casa. Vivió unos 8 años más, bien alimentada y bien querida por Marina y su hijo Alan. Murió en paz, tranquilita, una semana antes de que encontráramos a Camila.
Marina me dice que Camila es una belleza, hace travesuras y se porta mal, pero a cambio le da ternura y le da cariño y le da unas miradas que la persuaden de usar el periódico. Alan también la adora.
Lo que no ha logrado Marina en estas semanas es sacarla a pasear. Apenas siente el collar y mira la puerta abierta, Camila se sienta, tiembla, se resiste a caminar. Marina todavía no la convence de que es sólo un paseo, de que no la abandonará en la calle. Y Camila se aferra. Le gusta tener casa.
Después del choque de esta mañana, Esteban se pone a recordar los accidentes más terribles que ha visto en su vida. Primero vio a una chica que se reventó la cabeza contra un poste, cuando la puerta del VW Sedan en que venía de copiloto mientras su novio manejaba a velocidad excesiva, se abrió y ella se quedó colgando con un pie atorado en el estribo. Luego, cuando sólo por morbo y para contarlo después a sus amigos, se pasó por debajo del camión materialista que se subió a la banqueta y aplastó contra la pared a unas 5 personas que esperaban su transporte en una esquina de la Peralvillo. Y dice que hasta la fecha recuerda claramente a uno de los infortunados, que quedó como sentado en el borde del muro, con el cuerpo totalmente deshecho, los ojos muy abiertos, fríos, los calcetines azules y los zapatos cafés.
O el camión que cayó justo sobre el automóvil que venía delante del suyo, en medio de la carretera, y Esteban y otros conductores se detuvieron y se acercaron para ver si podían hacer algo, pero el camión era demasiado pesado y dentro del auto aplastado no había más que silencio, e hilos de sangre que salían por los estribos, entre las ranuras de las puertas.
Pero el accidente que más le horrorizó, lo vio cuando tenía unos 15 años. En ese entonces, en las calles del Centro Histórico todavía pasaban tranvías. Él estaba en una esquina, mirando hacia la calle de enfrente, donde la gente esperaba el camión y el tranvía daba vuelta en "U". Había una joven, de cabello largo y oscuro. El tranvía que pasó en ese momento, llevaba una lámina despegada de la carrocería, de manera que un extremo quedaba al aire. Lo que Esteban vio después fue algo que voló y rodó metros adelante. En segundos, reconoció los cabellos oscuros y el rostro de la chica. Regresó los ojos buscando el cuerpo y lo encontró dando un par de pasos, las manos tratando de detener los borbotones que salían por el cuello cercenado, en un doloroso reflejo de conciencia última. Primero cayó hincada, luego extendida vientre abajo sobre el pavimento. La cabeza, metros atrás. Esteban no pudo comer ni dormir durante días.
Asnulfo cumplió un año. Hace 7 meses fue salvado por los bomberos de la estación norte de Tlalnepantla, cuando fue atropellado en El Olivo. "Le sangraba su boca, nariz y las patitas", cuenta el sargento Zavala. Improvisaron una camilla y llevaron a la cría de 3 meses a la estación. Nadie lo reclamó y se convirtió en la mascota oficial. Come lechuga, cebada y alfalfa y no lo prestan para pastorelas ni lo venden. Le gusta revolcarse como hacen los 2 perros que también viven en la estación y con los que juega a tirarse mordidas. Y todos los días Asnulfo rebuzna a las 6 de la mañana, a coro con el toque de la chicharra que señala a los bomberos que es hora de formarse para pasar lista.
c c |11:17 a.m.
martes, febrero 03, 2004
Mauricio es barrendero en el Centro Histórico. La mañana del jueves pasado comenzó su ronda como siempre, en la Plaza Loreto. Vio un bulto oscuro debajo de una banca. Lo golpeó con la escoba y lo sintió blando. Lo golpeó más fuerte y sintió duro. Se decidió a abrir la bolsa negra de basura. Mauricio corrió hacia la ambulancia que en ese momento pasaba por ahí, para informarles que dentro de la bolsa negra estaba el cadáver de una mujer con las piernas cortadas hasta la rodilla, sin manos ni antebrazos, y sin cabeza. La occisa tendría entre 25 y 30 años, medía 1.60 y le fue practicada una cesarea. La policía aún busca los miembros faltantes.
Una pareja caminaba por la orilla del río Xochimilco cuando observaron con detenimiento varios costales con materiales para construcción: entre ellos se mezclaba una hilera de huesos y había pequeños charcos de sangre alrededor. Los huesos eran parte de la columna vertebral de una mujer de unos 30 años. Su cuerpo fue envuelto en papel y puesto dentro de una bolsa negra. Fue devorado por las ratas de la cintura a la cabeza.
Facundo entrevista en TV a embalsamadores de cadáveres. Ante una plancha donde está el cuerpo de un hombre mayor, cuya cara cubre un pudoroso efecto de cámara, el embalsamador recuerda su anécdota más terrible: le llegó el cuerpo de una joven al que procedió a extraerle todo, sangre, órganos, líquidos, y rellenarlo con lo consecuente. La tenía sentada, ya vacía, cuando de pronto lanzó un aullidito prolongado, que duró unos dos minutos, una "a" larga y sin interrupciones que el embalsamador escuchó atónito, mirando los ojos fríos y el cuerpo hueco de la chica.
Doce cuerpos sepultados a un metro de profundidad y tres bultos de ropa. Los cadáveres desnudos, torturados, asfixiados con bolsas de plástico, cubiertos de barro y cal en el patio de una finca en el Fraccionamiento Las Acequias, en Ciudad Juárez. Su estado de descomposición era tal, que los forenses tardaron horas en recabar evidencias muy cuidadosamente, para no desprender órganos ni miembros. Doce muertos más que se suman a la cifra de cientos, que nadie conoce bien a bien, en Ciudad Juárez.
Pepsi ofrece premios en sus taparroscas de hasta un millón de pesos. Luis tenía 40 años y era chofer de un camión repartidor de la marca. Esa mañana de lunes recorría Iztapalapa cuando tres hombres armados le salieron al paso. Luis no quiso bajarse del camión y recibió un disparo en el pecho que le causó la muerte camino al hospital. Según las averiguaciones, la intención de los ladrones era robar el camión para hacerse de las taparroscas.
c c |5:44 p.m.