miércoles, junio 16, 2004
Unos 6 meses antes de ahogarse durante una de las convulsiones que le daban desde niño -un ladrillo que cayó sobre su cabeza le provocó una fisura en la parte alta del cráneo-, Lalo le contó a Esteban su "sueño": esa noche llegó y, como siempre, se cambió de ropa y se acostó boca arriba en el catre que siempre estaba bajo la escalera. Minutos después sintió algo muy raro, como si lo estuvieran levantando del catre, pero no se podía mover. De pronto se dio cuenta de que él mismo se estaba viendo flotar unos centímetros sobre el colchón, muy quieto.
Entonces miró hacia la puerta de la casa y vio a una mujer de vestido y velo negros, que se acercaba a él. Un ruido en la escalera lo hizo voltear: era su hermano Joaquín que iba bajando de la planta alta y que, inmóvil, veía a la señora acercándose a Lalo.
La mujer llegó al pie del catre y, sin tocarlo, puso la mano derecha sobre el vientre del hombre. Con la palma abierta, dibujó un lento círculo en el aire con el que giró 180 grados al cuerpo flotante de Lalo. En un ademán de presión, la mujer lo hizo bajar lentamente hasta dejarlo otra vez sobre el catre, pero con los pies donde minutos antes estaba su cabeza. Y se desvaneció.
Lalo abrió los ojos de inmediato, se incorporó y se encontró en la posición contraria a la que se había acostado. En la escalera, Joaquín seguía inmóvil, mudo, perturbado.
c c |9:42 a.m.
Mimi y Ricardo llegaron a Baltimore como ilegales con sus hijos Ricardo y Lucero. Poco después se les unió María Andrea, hermana de Ricardo, y sus pequeños Alexis y Montserrat. Todos compartían un mismo departamento.
El 27 de mayo, cuando Mimi, Ricardo y María Andrea volvieron a casa, encontraron esta escena: Alexis, que tenía 10 años, había sido decapitado, mientras Ricardo y Lucero, de 9 y 8 años, tenían heridas mortales en el cuello. Montserrat, de 2, sobrevivió al ataque realizado con un cuchillo de carnicero de 25 centímetros. La policía gringa investiga al primo y al tío de los niños, de 17 y 22 años, como presuntos sospechosos, aunque se dice que el crimen fue una expresión de racismo.
Los cuerpecitos fueron traídos a México, a Tenenexpan, Veracruz, donde fueron sepultados el lunes pasado.
"¡Me vas a matar. Ay, Dios mío. ¡Y no sé por qué!", gritaba Mimi.
"¡No hijo, no, así no! ¿Por qué mamá?", gritaba María Andrea.
Mientras sus pequeños desaparecían entre tierra.
c c |9:13 a.m.
miércoles, junio 09, 2004
El hermano de un secuestrado habla para un reportaje de TV nocturna: primero, lo clásico, la llamada para pedirle una fuerte cantidad si quería volver a ver a su hermano con vida; luego de un mes no tenía el monto completo, así que le pidieron que fuera a una gasolinería, que entrara al baño de hombres y buscara "un recado" debajo del lavabo. Encontró uno de los dedos de su hermano en un sobre.
Días después reunió el resto del rescate y lo entregó siguiendo las instrucciones que le dieron por teléfono. Pasaron ya 4 meses y nunca le devolvieron a su hermano, ni le dijeron dónde estaba, ni volvieron a llamar, "no sabemos ni siquiera dónde quedó".
c c |8:18 a.m.
lunes, junio 07, 2004
Lila cuenta en una entrevista dominical cómo dejó de huirle al canto y por fin decidió entregarse a él. Trabajaba en una refaccionaria vendiendo bujías, bandas y carburadores en Tlaxiaco, el pueblo de Oaxaca donde nació. Y como en Tlaxiaco los hombres generalmente se van a Estados Unidos a trabajar, cuando llegaban a la refaccionaria le contaban sus historias de cómo habían cruzado la frontera, cómo los habían deportado y los regresaban en avión, muertos de miedo, y cómo los habían tratado los gringos del "otro lado".
Un día llegó un señor muy triste, con un papel en la mano. Fue a pedirle a Lila, porque sabía que hablaba inglés, que le tradujera el certificado de defunción de su hijo que le acababan de entregar, porque lo único que quería era saber cómo había muerto: ahogado al cruzar el Bravo.
Dice Lila que entonces se dio cuenta de que esas eran las historias que quería contar. Y no podía tejer tan bien como las mujeres triquis, pero sí podía cantar.
c c |10:37 a.m.
Ulises llegó a casa y encontró a Goya ensangrentada, quejándose, con una perforación en el pechito y varios golpes en la carita. Su condición de maltés, pequeño y escurridizo, le ayudó a librar los ataques de la Loba que, por su naturaleza de perro de mayor estatura, no tolera demasiado a sus congéneres chiquitos, nerviosos y llorones como Goya.
Afortunadamente, todo fue más aparatoso que grave. Pero desde el viernes Goya mira a Loba todo el tiempo con un rencor que pensé privativo de los humanos, sobre todo después de 3 días de haber arreglado sus diferencias especistas salpicando sangre en los muebles y en el piso.
Cuando le platico a Gualus me cuenta la historia de Lucy y la gatita favorita de su hermana. No era la primera vez que se quedaban solos en su casa la gatita, ya viejecita, y el perro de Lucy -que, por la cara de Gualus durante el relato, asumo que era grande-; pero cuando Lucy llegó encontró sangre por todos lados y siguió las huellas hasta encontrar el cadáver de la gatita prácticamente destrozado. Como pudo, recogió y limpió todos los restos, esparcidos por las paredes, los muebles, el piso, antes de que la hermana llegara. Pero cuando la gatita no fue a recibirla como todos los días, de inmediato supo que algo le había pasado. Y se lo confirmó una mancha de sangre que Lucy no pudo borrar del sillón.
Cuando le explicaron todo, la hermana se encerró en su cuarto un par de días, sin hablar, sin salir, sin comer. Encerrada nomás.
c c |10:07 a.m.